El peso
del humo - Carlos Cortés / Escritor y periodista / email: carloscortes@racsa.co.cr
El escritor norteamericano Paul
Auster cuenta que sir Walter Raleigh, el amante de la reina Isabel que puso de
moda el tabaco en Europa, en el siglo XVI, apostó con sus amigos que podía
calcular el peso del humo. Puso en una balanza los cigarros que logró reunir
en la corte inglesa, se los fumó poco a poco y con delectación y
al final pesó sus cenizas y anunció solemnemente que la diferencia
entre la primera y la segunda medida era el peso del humo. Cuatro siglos más
tarde, John F. Kennedy suscitó una anécdota parecida. Era fanático
de los puros y como previsión ante el inminente bloqueo a Cuba envió
a su asistente y gran fumador, Pierre Salinger, a una misión digna del
servicio secreto: conseguir clandestinamente todos los habanos que pudiera. Salinger
obtuvo un cargamento del mejor tabaco cubano, pero a Kennedy le preocupó
que la noticia se filtrara y se lo entregó al director de Aduanas con orden
de que lo destruyera. Meses después le preguntó al funcionario lo
que había hecho y éste le contestó con una sonrisa taimada:
No se preocupe, señor Presidente, me encargué personalmente
de la misión. Acabé con ellos uno por uno.
El peso del
humo es tan difícil de medir como el peso del alma porque es puro placer.
Y el placer que ofrece un puro es inconmesurable, invisible a los ojos y se dispersa
en el aire como el alma. Y no tiene nada que ver con el consumo de cigarrillos.
Es como comparar el fast-food o la comida basura con la gastronomía o un
viaje en automóvil con lo que antes significaba trasladarse en barco o
en tren. Fumarse un habano equivale a una forma de vida.
Es un ritual que,
de modo excepcional, puede realizarse una o si acaso dos veces al día,
y por lo general después del almuerzo o de la cena, cuando no hay distracciones,
el tiempo discurre lentamente y los sentidos se concentran en oler, gustar y paladear.
Algunos, incluso, mojan ligeramente el puro en ron o en algún otro licor
que vuelva más intenso su sabor embriagante. Hay que saber que el tiempo
de consumación de un cigarro es directamente proporcional a su tamaño
y que no puede precipitarse. Si no se respeta el ritmo paulatino de la quemada
y la personalidad de cada puro, el mareo es una experiencia desagradable. No todos
somos capaces de llegar al final de un churchill, el colosal puro de 18 cm que
le debe su nombre al Primer Ministro inglés Winston Churchill, pero en
la variedad está el gusto.
Muchos fumadores lo hacen solo los fines
de semana o en ocasiones especiales, como una fiesta o una reunión de amigos,
pero nunca en la calle o caminando, porque el aroma se pierde. Tampoco es conveniente
volver a encender el puro muchas veces porque se moja la punta y el sabor se agria
o se concentra demasiado.
Desde Cristóbal Colón, que no solo
descubrió América sino también el tabaco, el hombre occidental
y también la mujer- ha vivido fascinado por lo que Fray Bartolomé
de las Casas describió, con sorprendente precisión, como unas
hierbas secas enrolladas en una hoja, y que forman un mosquete. Las encendían
por un extremo y absorbían el humo. En honor a su descubridor, el
mejor tabaco del universo, el cubano, lleva como lema Habanos. Unicos desde
1492. Y lo mejor del mejor tabaco es el de Vuelta Abajo, en la provincia
cubana de Pinar del Río, de donde provienen las marcas más exclusivas,
como el Cohiba cigarro en el dialecto taino-, que hasta hace dos décadas
se reservaba al consumo personal de Fidel Castro y de los jefes de Estado que
visitaban la isla, y las legendarias vitolas la etiqueta del puro- Partagás,
Montecristo y Romeo y Julieta, entre tantas otras. Pero también hay excelentes
tabacos en República Dominicana, Honduras y Nicaragua el Padrón
de capa oscura es de los más cotizados de la actualidad- e incluso en Costa
Rica, si bien el tabaco centroamericano de mayor calidad se exporta casi todo
a Estados Unidos.
Aunque un buen puro vale su peso en dólares, el peso
del humo no tiene precio, porque solo lo que vale la pena se evapora en el aire.